Botón anti pánico

Los seres vivos fuimos dotados con mecanismos de supervivencia, los cuales en alguna medida nos permiten seguir subsistiendo, a pesar de las adversidades.

“El camaleón, el camaleón, cambia de colores según la ocasión”, versaba una canción argentina hace un par de décadas, y no se equivocaba: su variación de matices le facilita camuflarse entre las hojas ante una posible amenaza, pasando desapercibido para su captor.

Los humanos poseemos un mecanismo similar: el miedo. Ante una amenaza, el individuo automáticamente huye (o al menos lo intenta…)

Un miedo objetivo y proporcional a la amenaza, es sano; mientras que el subjetivo y desproporcional al peligro (sin objeto), se transforma en patológico y posiblemente derive en una fobia.

El miedo es diverso y toma diferentes formas. Sin dudas, la historia personal de cada individuo, condiciona en gran medida este factor. Podría ser una situación traumática, persona u objeto significativo. Aunque en realidad, la mente es la raíz de todos los temores. Allí radica la clave: la percepción personal y el significado que cada uno le otorgue a dichos sucesos.

A veces existe el miedo a ser burla de los demás, que otros nos desvaloricen por nuestras determinaciones. Por eso mismo, es habitual que personas inseguras intenten apoyarse en otras al tomar decisiones significativas. A fin de cuentas, en caso de no acertar, resulta menos amenazante para el “yo” reconocer que “NOS equivocamos” y que no “ME equivoqué”.

Si nos permitiéramos tropezar más, tratarnos con cariño, con amor, las cosas cambiarían: después de todo errar es parte de la vida también. No olvidemos que somos humanos y que ello nos da el “privilegio” de poder equivocarnos.

El miedo paraliza, no nos permite ser nosotros mismos, desenvolvernos con armonía, con libertad.

El miedo genera más miedo aun, provocando simultáneamente estancamientos en las más variadas situaciones, como ser: asumir responsabilidades, derivar y posponer decisiones, entre otras. Todo lo que implique algún tipo de compromiso.

Cuando el temor es constante perdemos la confianza en nosotros mismos y en nuestra capacidad, nos sentimos incompetentes y abocados al fracaso. Esto conlleva a la inseguridad yoica y a la baja autoestima.

En el ámbito laboral, toparnos con este tipo de emociones resultar ser bastante frecuente: si pedir o no el día de estudio, si enfrentar al jefe y comentarle diferentes asuntos respecto a la empresa, si decir o no tal comentario frente a los compañeros de oficina, o si ponerle los “puntos” a los integrantes del departamento de “ventas”.

Si bien el miedo es un pilar del proceso de socialización, en base a un sistema educativo que premia y castiga; como también un arma de dominación política y control social, no por ello debemos ignorar el asunto. Todo lo contrario: debemos estar bien atentos a nuestras reacciones, no sea cosa que se transformen en malestares constantes o, en el peor de los casos, en una patología.

Es concreto: las personas buscamos la seguridad en lo conocido, en la estabilidad. Aun así, vivir supone estar enfrentados continuamente a cambios. De allí que muchos individuos no escatimen esfuerzos para vivir una vida sin variaciones. Esfuerzo vano pues los cambios, de una manera u otra, siempre acontecen.

El miedo no deja de ser una excusa para no producir cambios. Pero hay cambios que, aunque el individuo no quiera, acaban llegando a su vida. En la tolerancia hacia uno mismo, se encuentra el éxito en la vida; en la intolerancia, el temor y -hasta- el fracaso. 

Una personalidad podría llamarse “normal” en la medida que logre adaptarse lo mejor posible al medio: un individuo dinámico, abierto a la experiencia, al cambio, a lo que acontezca. El menor grado de rigidez posible, siempre será lo más cercano a la salud. 

Qué mejor manera de combatir al miedo reconociendo que somos falibles, que debemos autoaceptarnos a pesar de todo, querernos, amarnos, valorarnos, mirándonos como un ser integral, con sus virtudes y sus debilidades.

Tal como en una oportunidad descubrió Carl Rogers: “la curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces es cuando puedo cambiar”.

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