Por los pasillos se comenta…

El ser humano es, en esencia, un ser social. De más está decir, que esta premisa debería ser tomada muy en cuenta para evaluar el clima laboral de las instituciones, ya que lo que se habla en los “pasillos” es un claro indicador de qué anda pasando en la esencia de las mismas.

El hecho que se escuchen comentarios (generalmente de tipo negativo), habla –y mucho- del lugar.

Al decir las cosas comunicamos, y al no decirlas también lo hacemos. Paul Watzlawick lo resumiría con uno de sus famosos axiomas: “es imposible no comunicarse”.

¿Por qué será que los empleados eligen la vía de los pasillos para poder abordar aquello que los aqueja?, ¿quizá no encuentren un oído que escuche o un hombro que sostenga?

La prioridad de las empresas debería ser facilitar canales de comunicación (aunque los comentarios no sean de esos que uno quiera y guste escuchar), antes de generar aquellos comentarios de pasillos que son los más letales y lapidarios para el existir de la entidad.

“Validar” es una palabra de basta importancia para el existir del ser humano. Prácticamente podríamos decir que escuchar atentamente un problema, es parte de la mitad de la solución.

William James es más preciso al exclamar que: “No podría idearse un castigo más monstruoso, aun cuando ello fuera físicamente posible, que soltar a un individuo en una sociedad y hacer que pasara totalmente desapercibido para sus miembros”.

Pero más allá del rol de las instituciones, intentemos profundizar en las posibles variables por las cuales un empleado, optaría por guardarse los comentarios y no comunicarlos a sus superiores.

  • Falta de valoración.

Muchas personas no consideran que realmente son un eslabón importante en la empresa. Casi que toman el hecho de cobrar sus haberes remunerativos como un “favor” que se les hace, como si ellos no darían “nada” a cambio y el empleador de “buena fe” y porque le “sobran” lo recursos, desea beneficiarlo.

La realidad es (o debería ser) que cada empleado es un componente fundamental en la institución. Es claro: caso contrario, le llegaría el telegrama lo antes posible.

  • Temor al conflicto.

Existen individuos a los que no les agrada provocar conflictos. Les cuesta entender que expresar sus molestias o, bien, exigir sus legítimos derechos, no debería por qué generarlos.

Es cierto que empleadores los hay de todos los gustos, pero internalizar que –más allá de la relación asimétrica, en términos de poder- aquello que se pide es relevante y corresponde, genera mayor convicción en la expresión de las necesidades, provocando mayor impacto en el receptor. Siempre lo actitudinal es un factor fundamental a la hora de comunicarnos.

Atentos con este dato: el avión usa toda su fuerza solamente en el momento del despegue, y no la vuelve a usar por el resto del viaje. Lo fundamental es el inicio, tomar la iniciativa y comenzar a comunicar, luego de la resistencia natural al cambio, el “vuelo” es casi en “piloto automático”.

  • El fantasma del “desamor”

Una de las necesidades básica del humano es el amor. El amor no como factor romántico sino valorativo existencial. Nadie quiere ser el “indeseado”, al que toman como conflictivo, quedando expuesto ante los superiores. Pero tampoco nadie tiene por qué resignar lo suyo simplemente para caer bien a otros.

Indefectiblemente nunca gustaremos a todo el mundo. ¡Y está bien que aquello suceda! Es por naturaleza una característica sana, que nos hace diferentes y nos otorga nuestra propia identidad.

  • El deudor

Existen individuos que prefieren resguardar el resentimiento como excusa ante posibles exigencias. “Hoy me voy antes, si igual todavía no me pagaron las horas extra de la semana pasada”. Es una manera de convencerse que “le deben una” y, por lo tanto, tienen el legítimo derecho de ignorar indicaciones de superiores, hasta que se regularice aquella deuda.

  • El evitativo

Es más fácil quejarse internamente y/o manifestar enojo con personas que no pueden dar una solución real al conflicto, que enfrentar la situación con altura. En muchas oportunidades, hay individuos que se adelantan a las respuestas que podrían recibir, elaborando una catarata de pronósticos e hipótesis, las cuales a fin de cuentas, terminan siendo suposiciones propias y no favorecen a la resolución del conflicto.

Lo que ignoran es que lamentablemente, si se enferma la mente, en algún momento también lo hace el cuerpo. Nada se pierde. Todo se transforma.

En síntesis, podríamos decir, que defender lo propio en el ámbito laboral es un derecho bastante vertiginoso, que involucra cantidad de sentimientos y sensaciones. Pero, a fin de cuentas, comunicándonos evitamos que las paredes de los pasillos se empapen de comentarios vacíos de soluciones nefastas.

Deja un comentario