Cambios en las empresas: ¿a qué nos exponemos y cómo los enfrentamos?

El movimiento en las instituciones y empresas es bastante dinámico. Unos vienen, otros se van, cambian las políticas, los dirigentes, las autoridades, los empleados de maestranza.

Y en algún punto, es positivo que aquello suceda. No solamente para el beneficio de la propia entidad, sino también para los propios empleados.

Ahora, ¿cómo solemos observar este tipo de cambios?, ¿estamos abiertos a las consecuencias que aquello pueda traer aparejado? (y cuando hablamos de “consecuencias” no necesariamente debemos asociarlo a cuestiones negativas), ¿qué pasa cuando entra “el chico nuevo” y se va nuestro viejo compañero de oficina?

Potencial rival.

Una persona nueva en un puesto similar o dentro del mismo sector, implica que aquel pueda convertirse en un potencial rival. Un ser que luche “codo a codo” por deslumbrar con sus habilidades y, al mismo tiempo y casi sin quererlo, opaque nuestro propio desempeño personal. Pero antes de activar mecanismos defensivos, tomando una postura totalmente crítica y prejuiciosa, ¿por qué no observar al nuevo ingresante como una posible fuente de conocimiento?, ¿por qué pensar en términos de “rival” y no de “complemento” ?, ¿por qué no nutrirse con el otro, en vez de combatir?, ¿tal vez posea habilidades admirables las cuales podamos imitar?, ¿quizá se pueda aprender de él?

En estos momentos es cuando podemos comprender un poco más el juego al que tanto estábamos acostumbrados a jugar en el jardín de infantes: “el juego de la silla”. ¿En qué consistía?

Se colocaban sillas en ronda. Siempre una menos de la cantidad total de alumnos. Si eran 20 infantes, se ordenaban 19. Al escuchar la música los chicos debían dar vueltas alrededor de las sillas. Cuando la melodía se detenía, cada niño debía buscar un lugar para sentarse. Aquel que no lo encontraba, “perdía”, se quedaba fuera. Así el juego seguía, quitándose una silla en cada oportunidad. El que se quedaba último se transformaba en el gran “ganador”.

El mensaje que nos transmitían nuestras tiernas e inofensivas “señoritas”, maestras jardineras -aun sin quererlo, pero muy claramente- era: “para triunfar en la vida hay alguien que obligatoriamente debe perder: o es él o soy yo, no hay lugar para los dos.”

Pensar diferente.

¿Y si él tiene otro pensamiento respecto a la vida?, ¿si tiene otra manera de manejarse que no comparto?, ¿cómo haré para llevarme bien y compartir la jornada completa?”.

Para muchos es difícil comprender que “aceptar” no necesariamente significa “estar de acuerdo”. Podemos aceptar a una persona como ser humano, pero no compartir su estilo u opinión.

En épocas de fragmentación, donde la sociedad suele encaminarse hacia un “blanco” o “negro” determinista, activando para un “equipo” o defendiendo una “bandera” tal cual batalla en tiempos de guerreros, no suele ser una vertiente tan factible, y comprender este concepto se torna una tarea bastante poco habitual. 

Captar la atención.

Muchos logros se alcanzan de a pocos pasos. Hay metas obtenidas luego de luchar (en el buen sentido) de sol a sol. Afianzarse a un equipo de trabajo, entablar vínculos, códigos internos, también son parte de aquellos logros. El nuevo integrante puede captar más la atención, ganarse el favoritismo del jefe, quedando uno mismo en segundo plano.

Mover estructuras.

Los cambios son parte de la vida. En todos los ámbitos. Pero no siempre son tomados por los empleados como parte esencial y fundamental para el progreso. De hecho, hay colegios que adrede rotan a los maestros de curso todos los años, impidiendo que se queden eternamente trabajando con niños de la misma edad y puedan afrontar otros desafíos con variadas edades, progresando y, obligatoriamente, propulsando la creatividad e innovación en cada ciclo electivo.

El monitor cardíaco solamente sigue una frecuencia lineal cuando la persona ya dejó el mundo. Es decir, la única manera que el curso de vida siempre sea el mismo, es cuando ya la dejamos. Vivir implica enfrentar y afrontar cambios a cada instante. ¡De eso se trata! ¡Sino no es vida!

Afianzarse al pasado.

Existen comentarios bastantes pesimistas. Gente que suele opinar que “lo mejor ya pasó, nunca se podrá volver al pasado…” En lugar de disfrutar el presente y centrarse en el “hoy”, buscan resaltar lo que ya no volverá. Lo que provoca este tipo de pensamientos no es más que estancamiento. Porque es más simple afirmar que “nada será como lo fue en un pasado”, que tomar impulso y empezar a cambiar. Es un claro escape para instalarse en la “zona de confort”, evitando así, el compromiso y la responsabilidad.

Si bien es cierto que existen valores humanos que se fueron degradando en la sociedad, también hay muchos avances que antes eran bastante engorrosos. Veamos algunos:

La tecnología optimizó el tiempo. Antiguamente se pasaba la mayoría del día con los quehaceres cotidianos: lavando a mano (las famosas “lavanderas”); estaba la planchadora; el leñador comerciaba sus maderas para calefaccionar los ambientes, como así también poder cocinar; el aguatero vendía el agua o había que dirigirse a un aljibe (que no siempre quedaba de camino), no teníamos las canillas en los hogares con agua potable; cantidad de enfermedades que antes no tenían cura ahora la tienen; la invención de las vacunas para prevenir muchos males, entre otros.

Cualquier cambio, sea estructural o no, es una oportunidad para progresar. Queda en nosotros observarlo y aprovecharlo como tal, o empezar a preocuparse por el tan temido y afamado monstruo de los siglos de los siglos: uno mismo.

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