Lo que aprendí del Tai Chi para el trabajo y la vida

Recuerdo perfectamente la primera clase a la que asistí a practicar Tai Chi. Se me acercó una alumna mucho más experimentada, de 85 años de edad, y con una vitalidad envidiable. Me preguntó a que me dedicaba y le contesté que trabajaba en una empresa liderando un equipo en RRHH. Ella me dijo: “en un tiempo, vas a sentir el Tai Chi en tu trabajo”. Y se fue. No entendí muy bien qué me quiso decir, y no le di mayor importancia.

Pasaron 7 años de aquella clase, y habiendo culminado mis estudios de Tai Chi como alumna, me convertí en profesora, y siento que recién ahora estoy tomando real dimensión del mar en el que me introduje. Y pude entender por fin a que se refería esa compañera con aquella frase.

El Tai Chi es una disciplina basada en artes marciales milenarias chinas. Su uso y practica se extendió a Occidente en pleno siglo XX, teniendo la particularidad de que se convirtió en una disciplina terapéutica. Es decir, se trata de un arte marcial interno, no hay contacto entre oponentes, no hay luchas, no hay competencia, no hay ganadores ni vencedores. En cambio, el enfrentamiento es con uno mismo.

Cuando escucho hablar hoy sobre las habilidades que necesitamos para liderar, comunicarnos, trabajar con otras personas, y adaptarnos a un entorno tan cambiante como el nuestro, es imposible separarlo del aprendizaje que tuve en Tai Chi. No solo entrené mi cuerpo, sino también mi mente. Aprendí a pensar mejor pero también a conectarme con todos mis sentidos. Fue como un camino de autoconocimiento profundo, del que no hubo retorno. Y mi energía fue cambiando paulatinamente,  y por alguna extraña (o entendible) razón, mi entorno y mis relaciones mejoraron.

Mi primer gran desafío con Tai Chi fue no desistir de la práctica en los primeros tiempos. Recuerdo me encontraba repitiendo una y otra vez los mismos movimientos, muchas veces tenía la sensación de no estar avanzado, y de no encontrar el sentido a eso que estaba haciendo. Y es precisamente aquí cuando aparece un gran aprendizaje sobre la paciencia, acompañada de una especie de confianza en el proceso. Pese a mis primeras resistencias, me obligó a manejar la frustración, perseverar y tratarme con gentileza.    

La paciencia es un bien escaso estos tiempos. En cambio prevalecen la necesidad de respuesta rápida, la gratificación inmediata, la falta de profundización de los temas, todo lo cual muchas veces nos impide terminar nuestras metas de forma satisfactoria. La falta de paciencia lamentablemente no está aportando nada bueno para nuestra salud física y mental, y sobre todo para el trabajo en equipo en estos tiempos con tanta diversidad.

Para que desarrollemos esta virtud, hay un principio fundamental en este gran arte marcial interno, que es el trabajo de la relajación. Y sí, la noticia es que relajarse es un trabajo arduo, que requiere disciplina. Porque es algo simple pero no es sencillo de lograr, sobre todo en nuestra cultura occidental con tantos estímulos de información, de consumo, de control, de productividad, de tecnología, del culto al multitasking, del individualismo. Estamos más bien, sometidos en una burbuja que distrae en forma permanente. Es por ello que el cuerpo debe aprender a relajarse, así como cuando aprendemos un idioma, un deporte, un nuevo oficio.

La relajación en esta disciplina abarca al cuerpo físico, a la mente, a las emociones, y al plano espiritual. Nos ayuda a cuidar nuestra energía y ser respetuosos con la de los demás. Esto último es importante, porque impacta de lleno en nuestras relaciones y en nuestra forma de comunicarnos.

Estar más tranquilos en nuestra vida cotidiana permite ser menos reactivo ante las situaciones, leer con una perspectiva diferente las cosas que van ocurriendo. Nuestra mente, al no estar en alerta constante, consume menos de nuestra valiosa energía. Y no importa cómo se comporte el otro, ya que se tendrá claridad en los pensamientos y se actuará correctamente. Se comprende sin mayor esfuerzo, cuando es el momento adecuado para algo, y cuando no. Es decir, se agudiza el sentido de la oportunidad.

Entonces, una vez que has aprendido a relajarte y manejar mejor la paciencia, recién allí aparece otro concepto fundamental para nuestra ajetreada vida occidental: la flexibilidad. Esta capacidad es imprescindible para trabajar e interactuar con otras personas. Si bien, hoy en día la flexibilidad aparece como la estrella en los requisitos de los avisos de empleos, en los perfiles de puestos, en la medición de los exámenes psicotécnicos y hasta en las evaluaciones de desempeño, etc., no estoy tan segura si sabemos en la práctica lo que implica ser flexible. A veces creo que la palabra está siendo usada para el marketing, y me pregunto si realmente promovemos la flexibilidad puertas para adentro en las empresas. Parece más fácil decirlo que hacerlo, al darnos cuenta de lo inflexibles, rígidos y tensionados que solemos ser y estar en relación al trabajo.

La real flexibilidad implica sacarnos de nuestra zona de confort. Atravesar situaciones que nos sacan de perspectiva, nos puede llevar por caminos muy incómodos, y por consiguiente, tensionarnos por los cambios. No es alegre la flexibilidad, muchas veces duele, como sucede en el cuerpo cuando lo entrenamos. Ser flexible implica perder algo, y no todas las personas están dispuesto a ello, por lo menos no en forma inconsciente.

¿Qué es ser flexible? Lao Tze decía que “no hay nada bajo el cielo que más ceda y que sea más adaptable que el agua, y aun así, cuando ataca a cosas más fuerte, siempre las vence”. En otras palabras, ser flexible no es ser débil, sino todo lo contrario, nada puede triunfar sobre lo más flexible. Es además, autoconocernos y saber ceder inteligentemente.

En esta disciplina, se requiere inevitablemente “invertir en pérdidas” , y es una lección dura de aprender para nuestro ego. Los grandes maestros afirmaban que cuanto más uno pierde en algo, más se aprende el método que lleva a superarlo. Es decir, la vida con sus “derrotas” es la que te enseña, para que finalmente, ganes esa batalla con mejores recursos y técnicas, aprendidas cuando fuiste derrotado una y otra vez. Adquirir esa maestría para dominar y vencer los problemas de la vida, es gratis. Solo hay que aprender a relajarse y no interferir con nuestra mente y emociones en nuestro aprendizaje. Si aplica para la vida, aplica para el trabajo y sus problemas, por supuesto.

Por otro lado, también soy una convencida que todos los equipos de trabajo tienen algo de Tai Chi, pero no lo saben conscientemente. El fluir de ideas, la sincronización de metas, la visualización grupal y creativa, se logra por un trabajo repetitivo previo y constante, en el cual se aprende a mejorar los procesos. Esto no es otra cosa que el entrenamiento meditativo y enfocado.

Creo que la vida es una gran meditación en movimiento, como el Tai Chi, y vale la pena adentrarse en este mar, fluir con sus olas y sentir la paz de saber que vencer no es el objetivo, sino mantener el equilibrio en relación a los demás.

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Romina Elizabeth Moreno

4 Respuestas a “Lo que aprendí del Tai Chi para el trabajo y la vida”

  1. ¡Me encantó esta nota! La flexibilidad para permitir que los demás sean como son y uno sea como es, y aun así encontrar cómo todo se acopla y fluye. ¡Muchas gracias por esta nota! :9

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